Satanta había prometido vivir pacíficamente a partir de entonces. Se fue a vivir de nuevo al tipi pintado de rojo, en la que, en lo alto del agujero para la salida del humo, ondeaban las cintas rojas. Entregó su lanza roja a su amigo Grulla Blanca y su famoso escudo de búfalo a su hijo. Sin escudo ni lanza, ya no podía conducir a ningún guerrero a la guerra, ya que eran su medicina, que le habían protegido siempre. Declaró que no quería seguir siendo jefe de guerra. El famoso orador de la pradera parecía totalmente cambiado. "Mi pueblo debe hacer aquello que el hombre blanco considere lo mejor", anunció. Pero ya era demasiado tarde.