Satank era el jefe de los kaitsenko -la unión de los diez más valientes-, una vieja unión de guerreros de los kiowas. Satank se arrodilló en su carreta y entonó la oración de muerte de los kaitsenko. Cuando terminó, se pasó la manta por encima de la cabeza como si estuviera afligido. Sin que sus guardianes se dieran cuenta, mordió la carne de sus manos hasta que pudo quitarse las esposas. Después esgrimió un cuchillo que llevaba escondido, se levantó de un salto y atacó a los dos soldados, que iban dentro de la carreta. Acuchilló a uno de ellos y echó mano de su fusil, pero antes de que pudiera apretar el gatillo fue alcanzado por los disparos del otro soldado. Su cadáver fue arrojado a la carretera y allí lo dejaron tendido, mientras las dos carretas continuaban su marcha.