Cuando, en 1820, nació Satanta, los únicos asentamientos de colonos blancos en esa región eran unos pocos puestos del ejército y de traficantes de pieles, muy separados entre sí. El deshabitado territorio de hierba parecía ser infinito y el mundo de los kiowas era todavía salvaje y libre. Como todos los jóvenes kiowas, Satanta creció sobre los lomos de un caballo.