Cuando se entregó en Fort Sill, tenía claro que había que dejar atrás el pasado. El pueblo comanche había sido vencido, lo habían diezmado tan fuertemente los decenios de luchas y enfermedades que, entre tanto, vivían menos de dos mil comanches en la reserva. Su única posibilidad de supervivencia estaba en el trabajo conjunto con los blancos. Quanah había sido un importante jefe de guerra; sin embargo, a partir de ahora y para el resto de su vida, lucharía a favor de la paz.