Solamente veintidós cazadores de búfalos blancos se habían hecho fuertes ese día en el puesto; sin embargo, tenían la enorme ventaja de disponer de fusiles que alcanzaban grandes distancias, que estaban provistos de miras telescópicas. Cuando las pérdidas de los indios se hicieron más grandes, Quanah decidió retirar a sus guerreros y dar por terminada la batalla. Los indios se replegaron y se llevaron con ellos a quince de sus compañeros muertos. Tuvieron que dejar abandonados a otros doce. Los cazadores blancos habían perdido tres hombres y cuando el último indio estuvo fuera del alcance de su vista, les cortaron la cabeza a los guerreros muertos y las clavaron en las estacas de su empalizada.