Quanah y sus guerreros no se quedaban tiempo suficiente en el mismo lugar para que pudiera producirse una batalla decisiva. Seguían a los soldados de caballería como sombras y atacaban de repente, descendían por una pared rocosa, se arremolinaban alrededor de los sorprendidos soldados y desaparecían después en el mar de hierba. A veces, los kwahadis atacaban también a la luz de la luna, metían ruido con cencerros y hacían ondear cintas de cuero mientras cabalgaban por el campamento militar y espantaban a los caballos. Los soldados mantenían constantemente guardia, peinaban los llanos y obligaban a Quanah a seguir huyendo, pero no conseguían vencerlo.