El procedimiento siempre era el mismo. Shipman localizaba víctimas preferentemente ancianas y solitarias, y con su barba cana y aires de indefenso intelectual se ganaba su confianza como doctor amable, hogareño y cariñoso que se preocupaba por su salud. En su propia clínica les administraba una dosis elevada y letal de morfina y asistía al espectáculo cruel de los cinco minutos que tardaba en producirse su desgarrador fallecimiento. Luego falsificaba los informes certificando la defunción por causas naturales.