Y el cura decidió. Bah, ¡de todos los santos! Y eso que nos ahorramos. Y se quedó Felipe Juán Froilán de todos los santos. El problema llegó que todo el mundo recuerda al niño como Froilán, el nombre más feo de todos los que le pusieron. Así que a partir de entonces decidieron poner solo un nombre de cara a la calle. Y los otros los mantendrían en secreto, bajo pena de muerte a quien soltase en las ondas, alguno de los nombres raros del infante o infanta.