Nuestra Alegoría –alegoría auténtica, como intentamos demostrar– es síntoma de la decadencia de un género y del ocaso de una sociedad, con sus valores asociados. En esta encrucijada radica su sentido. ¿Y qué decir de su formato? Que el defecto fundamental de nuestro poema radica en la construcción de un lector implícito supra-activo, cómplice, con una biblioteca amplia, que sea capaz de reponer información en las numerosas elipsis y lagunas de sentido, así como reconstruir el orden cronológico y discursivo de las historias entrelazadas apelando a su experiencia lectora y al conocimiento de fórmulas y motivos hartos reiterados dentro del género caballeresco y de la épica clásica. Estas permanentes apelaciones del texto, que reclaman la integración del lector, son fácilmente interpretables como defectos estructurales. Quedarían varios siglos por delante hasta llegar a la consumación voluntaria de una legítima obra abierta.