Este fenómeno constructivo alcanzará una dimensión urbana a finales del s. XVI, cuando los moriscos expulsados tras la rebelión de Abén Humeya vuelvan a su lugar de origen, en una especie de prófugo retorno, y al no poder reivindicar sus antiguas posesiones ocupen las cuevas existentes o excaven otras nuevas. A partir del s. XVII, los repobladores llegados de otras regiones de la Península, tras la orden de expulsión definitiva de los moriscos promulgada por Felipe III, también las utilizarán como vivienda.