Estos prodigios de brillo tardan tres o cuatro minutos en alcanzar su plena descarga de energía, y ponerlos en marcha toma dos o tres veces más tiempo cuando están recién apagados. Si bien las bombillas son muy resistentes antes de empezar a usarse, el régimen de elevada temperatura al que trabajan las hace bastante frágiles para lo sucesivo. Una vez encendidas, por ejemplo, algunas gotas de agua que toquen el cristal pueden hacerlas implosionar, y también es posible que -en frío- las averíe irreparablemente una mera sacudida brusca. Como soportan mal los cambios de tensión eléctrica -sobre todo cuando llegan al apagón-, una cautela fundamental es desenchufarlas cuando eso se produzca, y no volver a enchufarlas hasta 10 ó 20 minutos después, cuando ya se hayan enfriado. A pesar de estos inconvenientes, dicen que el empleo cuidadoso asegura una vida media de 24.000 horas para las bombillas de 1.000 vatios, lo cual significa funcionar cinco años a una tasa de 12 horas/día. No obstante, es más realista cambiar de bombillas cada año, porque cuestan unas 5.000 pesetas y van perdiendo lúmenes con el tiempo.