Posiblemente Jeffrey Dahmer, el “carnicero de Milwaukee”, uno de los asesinos más espantosos que ha conocido la historia criminal, buscara algo parecido al mana cuando violó, asesinó, bebió la sangre y se comió, entre otras partes del cuerpo, los cerebros de diecisiete jóvenes. Al preguntarle en concreto sobre este particular explicó: “Me hacía sentir que pasaban a ser permanentemente parte de mí, aparte de la curiosidad de saber cómo eran”. El caso de Dahmer merece reflexión, ya que poco después de estas declaraciones realizadas a la NBC desde la prisión –donde había propuesto a varios reclusos formar un grupo de “caníbales anónimos”- otro preso, Christopher Scarver, convicto de 25 años que se consideraba el hijo de Dios y receptor de supuestos mensajes telepáticos, decidió hacer justicia y matar a Dahmer en 1994.