Como otras actividades tradicionales, el comercio del frío mantiene una íntima y obligada armonía con la naturaleza. Aprovecha un recurso natural –anualmente renovado– de manera muy sostenible. Pero está sometido a una dependencia climática. A escala anual, en forma de épocas de escasez, de problemas de abastecimiento o de nevadas históricas que llenaban las montañas de neveros y jornaleros. A escala más general, se hace patente la coincidencia entre la época dorada del moderno comercio del frío con la pequeña edad del hielo que se extiende, poco más o menos, desde el siglo XVI hasta últimos del XVIII y que impuso en Europa un clima más frío y húmedo que el actual. Pero también, los problemas que planteó el fin de ésta y que, sin duda, estimularon la implantación del frío artificial.