A partir de los años treinta del siglo XX (en nuestro país desde los cincuenta) la producción de frío entra progresivamente en los hogares en forma de aparatos frigoríficos cada vez más pequeños y baratos. Del frío domesticado de las fábricas al frío doméstico, producido en las casas. Había desaparecido por completo el ciclo de transporte y distribución; todavía más, ya no había un agente transmisor y materializador del frío, como había sido el hielo. Ahora sólo hacía falta pagar por el aparato y la energía para que funcionara. El frío en sí mismo parece, ahora sí, haber desaparecido. Sólo se deja sentir cuando nos comemos algo del frigorífico y en el ambiente de una habitación climatizada.