Estos barberos lo mismo afeitaban que pelaban, pero eran especialmente esperados en las aldeas y cortijos, por sus labores de sacamuelas. Y es que cuando una muela se picaba y los dolores se hacían insoportables, la presencia del barbero era imprescindible. Este maestro de los dientes, sin más ayudas que unas tenazas con forma parecidas a la de unos alicantes que pasaban de generación a generación, como testigo del oficio, y de un trago de aguardiente ratero que pedía con voz enérgica le dieran en la casa donde estaba al paciente, se disponía a sacar la muela desvariada para que dejara de molestar al infortunado.
Pero estos barberos no solo hacían de dentistas, también se acercaban al mundo de la medicina. Fuera cual fuera la dolencia o mal que presentara su parroquiano, siempre empleaban los mismos remedios: sangrías, que efectuaban inflingiendo un certero corte tras marcar la señal de la cruz en la vena elegida y ventosas, que normalmente aplicaba en pecho y espaldas, con las que se pretendía mediante la succión provocada, activar la circulación sanguínea, quitar dolores o mejorar los tendones. Aun cuando la joya de la corona eran las sanguijuelas, que portaban en un tarro de cristal y que colocaban normalmente en el cuello del enfermo para que se engrosara con su sangre y “se bebiera sus males”.
Todos estos remedios normalmente servían de bien poco, pero siempre quedaba el consuelo de que “la muerte llega cuando tiene que llegar”, como solían decir cuando en una siguiente visita le comunicaban que su último paciente había muerto, aceptándose con resignación esta muerte por los familiares del enfermo.
Estos barberos normalmente cobraban una iguala anual por cortijo o familia, que se le solía entregar en especie al final del verano cuando se había recogido la cosecha, aun cuando los servicios que prestaban en los mercados serranos solían cobrarlos en estos mismos lugares.
Uno de los últimos barberos de la Sierra de Baza fue “el Tío de lagarto”, llamado así por llevar en su compañía un lagarto de color verde con el que decía podía curar la tiña y la sarna si lo pasaba por el lugar afectado de la persona enferma, lo que dudamos tuviera algún éxito en su remedio.
Pero estos barberos no solo hacían de dentistas, también se acercaban al mundo de la medicina. Fuera cual fuera la dolencia o mal que presentara su parroquiano, siempre empleaban los mismos remedios: sangrías, que efectuaban inflingiendo un certero corte tras marcar la señal de la cruz en la vena elegida y ventosas, que normalmente aplicaba en pecho y espaldas, con las que se pretendía mediante la succión provocada, activar la circulación sanguínea, quitar dolores o mejorar los tendones. Aun cuando la joya de la corona eran las sanguijuelas, que portaban en un tarro de cristal y que colocaban normalmente en el cuello del enfermo para que se engrosara con su sangre y “se bebiera sus males”.
Todos estos remedios normalmente servían de bien poco, pero siempre quedaba el consuelo de que “la muerte llega cuando tiene que llegar”, como solían decir cuando en una siguiente visita le comunicaban que su último paciente había muerto, aceptándose con resignación esta muerte por los familiares del enfermo.
Estos barberos normalmente cobraban una iguala anual por cortijo o familia, que se le solía entregar en especie al final del verano cuando se había recogido la cosecha, aun cuando los servicios que prestaban en los mercados serranos solían cobrarlos en estos mismos lugares.
Uno de los últimos barberos de la Sierra de Baza fue “el Tío de lagarto”, llamado así por llevar en su compañía un lagarto de color verde con el que decía podía curar la tiña y la sarna si lo pasaba por el lugar afectado de la persona enferma, lo que dudamos tuviera algún éxito en su remedio.