El acto más importante de la Fiesta consistía en la típica representación de Moros y Cristianos, que se celebró hasta el año 1934, reiniciándose después en los años cuarenta. En la aldea de El Moro, estaba la Parroquia de San Nicolás del Moro. Allí se celebraban bautizos, bodas, entierros y todos los actos litúrgicos, de los que más tarde hablaremos. En tiempos más remotos existían en la zona dos Parroquias más: Los Mellizos y Las Balsillas, cuyos archivos estaban en El Moro. Además de la de Rejano, que dependía de Caniles. Las Fiestas empezaban la noche anterior con la quema del castillo y fuegos artificiales, confeccionados por los artificieros de Baza, que tenían fama ganada de buen arte. Regresaban de madrugada a sus casas, los traslados eran de una hora de camino para los residentes en Los Rodeos, Benacebada, Bailén, Tesorero, Los Moralicos, Cortijo de Cajas, Rejano y bastantes más cortijadas; otras como Tablas, Vinagre, Los Mellizos y todas las encuadradas en los ríos Balax, Uclías y Bodurria, tardaban de dos a cuatro horas. Acostaban a los niños que los llevaban para disfrutar de la vistosidad de los fuegos. Los mayores empezaban a preparar la suculenta comida, que regada con abundante vino de Valdepeñas y Jumilla, devorarían tumbados en el extenso prado que rodeaba la iglesia y protegidos del sol por los muchos árboles existentes. La costumbre era estrenar trajes, vestidos y demás ornamentos exteriores. A las nueve de la mañana marchaban con sus burras, mulos, mulas, bien enjaezados para estar sobre las diez en El Moro. Se comenzaba con la Misa, la procesión y a las doce la esperada fiesta o lucha de Moros y Cristianos. La iglesia estaba situada en una gran explanada de casi un Kilómetro de larga por otro de ancha. Así que había espacio sobradamente holgado para los cientos de personas asistentes a los festejos, como así también podían corretear con toda libertad las huestes de uno y otro bando, formadas por unos cuarenta soldados entre ambos contendientes: la mitad eran de caballería y la otra mitad de infantería. Los cargos y papeles a desempeñar eran hereditarios desde tiempos Inmemoriales tanto la lujosa vestimenta de antigua usanza, como el armamento conservado con el mayor esmero lo heredaban de padres a hijos con arreglo al mayorazgo. Los generales, oficiales y tropa lucían los uniformes con sus correspondientes insignias y distinciones de siglos pasados. Las armas de fuego eran trabucos, espingardas, escopetas de espoleta sables, chafaroles, alfanjes y demás pertrechos que vemos dibujados en los famosos cuadros de nuestras pinacotecas actuales. La batalla dialéctica, agresiva y provocadora entre los jefes era apuntada y leída por el acompañante. Escrita y reescrita, era digna de escucharla La invocación hecha por el Rey Cristiano, apareciendo el ángel, tiene también un fuerte controversia con el Lucifer solicitado por el moro, continuando la lucha a campo abierto, hasta reconquistar el Santo, tomado antes por los moros.