Una curiosa vivencia en un antiguo molino de la Sierra de Baza, es narrada por el autor, que como relata le dejó grabados inolvidables recuerdos, que ahora rememora para nuestra revista digital.
Debajo del Pinarillo, a unos 20 minutos entre peñas y riscos, siguiendo a veces sendas perdidas y, otras, campo a través, llegamos a la Solana, lugar escondido en el corazón de la Sierra. Entre los restos de las viviendas de la zona destaca las de un molino de agua, junto al río Bodurria, que fácilmente se distingue por las enormes piedras que el agua movía y por el olor a harina que se percibe en la entrada. Por extraño que ahora pueda parecer, en él pasé unos meses de mi infancia, cuando mis padres trabajaban en ICONA plantando pinos, y había que subir desde Baza a la Sierra en incómodos camiones todos los días. Para evitar las fatigas de los viajes decidieron pasar la temporada en el molino de mi abuelo, ya fallecido, dejándome a mis tres años a cargo de mi abuela. De este corto periodo de mi vida me quedaron grabados vivos recuerdos, como el olor a harina que se respiraba nada más entrar en el molino, el rumor del río por las mañanas, junto con el canto de los pájaros, la luz de la luna o los sustos que me daba el gato cuando por las noches se subía a mi cama o los sonidos del eco del hacha de mi padre cuando cortaba troncos de madera para la chimenea, o ver a mi madre lavar la ropa en el río mientras yo jugaba con el agua a su lado o buscaba setas entre los troncos de los chopos.
Debajo del Pinarillo, a unos 20 minutos entre peñas y riscos, siguiendo a veces sendas perdidas y, otras, campo a través, llegamos a la Solana, lugar escondido en el corazón de la Sierra. Entre los restos de las viviendas de la zona destaca las de un molino de agua, junto al río Bodurria, que fácilmente se distingue por las enormes piedras que el agua movía y por el olor a harina que se percibe en la entrada. Por extraño que ahora pueda parecer, en él pasé unos meses de mi infancia, cuando mis padres trabajaban en ICONA plantando pinos, y había que subir desde Baza a la Sierra en incómodos camiones todos los días. Para evitar las fatigas de los viajes decidieron pasar la temporada en el molino de mi abuelo, ya fallecido, dejándome a mis tres años a cargo de mi abuela. De este corto periodo de mi vida me quedaron grabados vivos recuerdos, como el olor a harina que se respiraba nada más entrar en el molino, el rumor del río por las mañanas, junto con el canto de los pájaros, la luz de la luna o los sustos que me daba el gato cuando por las noches se subía a mi cama o los sonidos del eco del hacha de mi padre cuando cortaba troncos de madera para la chimenea, o ver a mi madre lavar la ropa en el río mientras yo jugaba con el agua a su lado o buscaba setas entre los troncos de los chopos.