Los machos primero y después las hembras van llegando a las zonas húmedas donde se congregan y en noches de lluvia principalmente tiene lugar la actividad sexual. Cada año suelen volver al mismo sitio para reproducirse. Los machos cantan formando auténticos coros. Para ello inflan los sacos bucales que tienen en la garganta, que alcanzan un gran tamaño y hacen las veces de caja de resonancia. En estas noches lluviosas la actividad es frenética y los galanes intentan agarrar todo lo que tienen cerca, ya sea una hembra, otro macho e incluso un ejemplar de otra especie que comparta con ellos la charca. A veces se forman auténticas montoneras con tres o cuatro sapos que intentan subirse a la misma hembra y que incluso pueden terminar ahogándola. El abrazo o “amplexo” es axilar y se han observado ejemplares que permanecían más de 10 horas en esa misma posición. La hembra produce un cordón con dos filas de huevos de color negro que puede medir más de 2 metros de longitud y que una vez fecundado, queda situado, enrollado sobre ramitas o plantas en el fondo de la charca. El número de huevos puede superar los 10000 en cada puesta, de los que al cabo de unos pocos días emergen unos diminutos renacuajos. Las madres abandonan la charca tras la puesta y los machos permanecen unos días más a la espera de nuevas compañeras. Las larvas aunque no son muy apetecibles, son depredadas por larvas de libélula, peces, otros anfibios, reptiles y aves.