A partir de los años cincuenta el campo español comienza a despoblarse. Multitud de cortijos quedan abandonados, y con ellos toda la infraestructura secular del uso del agua que los acompañaba. Las fuentes y arroyos son canalizados para cubrir las demandas de agua de las poblaciones situadas al pié de las sierras. Va desapareciendo la ganadería extensiva y una vez que no hay ovejas ni cabras, los pilones y tornajos que les servían como abrevaderos, son abandonados y pierden su función.