En un principio, los sapos aprovecharían los nacimientos, fuentes y pequeños arroyos que aparecían dispersos por las sierras para reproducirse. El hombre, desde que comenzó a habitar estas mismas sierras, también usó las fuentes y nacimientos, construyendo gran cantidad de albercas, estanques, acequias y aljibes, modificando la morfología de arroyos y fuentes. En principio no hubo problema, e incluso los sapillos se vieron beneficiados por la proliferación de estos depósitos (que en esencia no eran otra cosa que los pequeños remansos de los arroyos que habían utilizado hasta entonces, pero de una mayor entidad).