El alba ya ilumina el horizonte y mi escribiente, no sólo mi pluma, también el buen traductor de mis pensamientos, desea buscar un lugar apartado donde verter sus primeros rezos del día. La vela apenas conserva llama y yo debo hallar tres cosas: una, al vasco noble del que ya os hable para entregarle toda mi confianza. Dos, un joven amigo que conocí aquí, un sanluqueño, de nombre Bartolomé, que se embarca conmigo, en calidad de grumete y al precio de veinte maravedíes de paga. Y, una tercera, un rincón reposado de agua donde pueda reflejar vuestra imagen por última vez en tierras españolas antes de que los vientos preñen las velas y me alejen de vos. Allí, a ese rincón, regresaré algún día para recoger mi recuerdo y llevároslo dentro de un arca repleta de oro.