Se me ocurre, conversando con mi jesuita-escribiente, que difícil arrepentimiento pueden tener estos condenados puestas sus manos sobre el mismísimo filón de oro. Y me contesta, embutido en su negra saya, que pocos son los hombres honrados, como yo puedo presumir de mi persona, que pretenden embarcarse en este viaje, que los muchos voluntarios que hasta Sanlúcar han llegado no pasan de ser desheredados de fortuna, ex-soldados, nobles arruinados, criminales y gente de pésima reputación. Buen cuidado debe tener de no echar a perder su alma entre semejante calaña aquél que parte con la intención de hacer breve fortuna para cubrir no más que el regazo de la amada.