Subiendo por el camino de la izquierda, por un paseo cubierto de palmeras, se encuentra la ermita de la Magdalena, que aún conserva el cayado y la cama, así como otros objetos utilizados por los ermitaños que ocupaban este espacio antes de morir. Tiene doce nichos, que, una vez cerrados, se blanqueaban y se cerraban sin hacer ninguna referencia escrita al fallecido. Sorprende el hecho de que siempre haya una sepultura abierta, como a la espera de otro fallecimiento.