Y, sin más preparación
que alzar el brazo que asesta,
con un tragaz de ballesta
le hizo dos el corazón.
Cayó Layseca en el suelo
lanzando un débil quejido,
y el otro, al mirar cumplido
ya su sanguinario anhelo,
Se embozó con mucha calma
y siguió calle adelante
sin cuidarse un solo instante
vi del muerto ni de su alma.
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