Pero ellos no se rinden fácilmente. Se acercan sigilosamente, prácticamente no se les ve llegar y colocan suavemente el ramo de rosas pochas delante de tu nariz, sin decir ni pío. Tú les miras, con gesto condescendiente, con los labios entrecerrados y un ligero movimiento de cabeza que denota un "no, gracias". Pero seamos serios, eso pasa la primera vez que los ves. Las siguientes setenta veces que los ves en la misma
noche entran ganas de soltarles algún tipo de bordería o frase graciosa, para que
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