FREILA (Granada)

Barrio El Pozo
Foto enviada por antonio

Como afirma Bödeker, el comportamiento de lectura es considerado como una práctica cultural y social, que permite investigar el rol que la literatura juega en el contexto biográfico de los lectores históricos, reales. Este enfoque, como vemos, propone un viraje al terreno del lector empírico.
Este panorama teórico se distancia de las posturas post-positivistas meramente evolutivas y, al tiempo, de la labor sólo descriptiva del fenómeno de la producción, de la difusión del libro y de la lectura, que, sin embargo, sigue siendo necesaria. El terreno de la posesión y el uso del libro era uno de los más desatendidos y desconocidos de la historia cultural de Occidente”.
¿Qué nos dice el uso del libro acerca del pensamiento de una época? “La atención a la recepción y a la repercusión del libro ha permitido examinar su acción real o, en todo caso, construir un nuevo panorama teórico, formalizando una historia cultural de nuevo cuño.
La distancia –el arco– existente entre la expectativa de este lector implícito y la experiencia del lector real pudo haber condicionado la escasa aceptación del poema, cuyos cabos sueltos –tal vez intencionales– podrían haber sido interpretados como defectos estructurales.
Como intentaremos demostrar en este trabajo, la proliferación de sobreentendidos, elipsis, aventuras intercaladas que interrumpen la progresión del hilo narrativo principal, los lugares tópicos del género y, especialmente, el final trunco de Alegoría del Monstruo español operan sobre la expectativa de un destinatario modélico, culto, conocedor de la épica clásica, de los topoi del género caballeresco y de sus motivos recurrentes.
El concepto de lector implícito, acuñado por Wolfgang Iser, se relaciona con lo indicado en el párrafo precedente. Éste supone que el texto contiene en sí mismo la posibilidad de formación de un destinatario ideal. Y que los procesos de lectura derivan del “encuentro” entre el lector implícito reclamado por el texto y el lector empírico, real. Existen espacios vacíos (Leerstellen) o lugares de indeterminación que manifiestan la estructura de apelación del texto y que reclaman la integración del lector.
Jauss adopta la noción de “fusión de horizontes” de Gadamer, quien defiende el siguiente propósito de la hermeneútica: no hay que reconstruir el primer sentido del texto sino marcar el arco/intervalo temporal que se genera entre el horizonte de expectativa –el horizonte que condiciona al lector de acuerdo con la visión del autor y que, según el lector presume, ha dado forma y sentido a la obra– y el horizonte de experiencia del lector, quien reinterpreta la obra en función de su propia actualidad. ... (ver texto completo)
En su experiencia individual, el lector se apropia y aparta de la literatura del pasado, asimila y renueva la tradición, legitima la diferencia que revela el sentido del mundo a través de los ojos del otro según H. R. Jauss, citando a K. Stierle.
La presencia de la historia se impone entre la literatura y su estudio: más que una “historia de las formas” es preciso hablar de una “historia de los efectos producidos”. En contra del enfoque estructuralista, la Teoría de la recepción considera utópico el abordar una obra de arte como si ésta fuera autónoma del contexto, mediante un análisis inmanente. El lector es siempre es activo, cómplice, resemantiza sus lecturas... Se trata de un “lector-macho”, apelando a la insólita caracterización de Julio ... (ver texto completo)
Suspendido el juicio acerca del valor del poema Alegoría del monstruo español (1627), para analizar su sentido proponemos rastrear el “lector implícito” (implizite Leser) que construye la obra. Según los teóricos de la Escuela de Constanza, la interpretación es una instancia necesaria en toda experiencia estética. El lector goza del mismo protagonismo que reclamaba Umberto Eco en Obra abierta (1962).
Aunque parezca una actitud relativista o carente de voluntad científica –sería lícito aducir que las estadísticas de imprenta y circulación de libros son un parámetro fiable para medir el gusto–, para no caer en ilusiones metodológicas preferimos conceder ese privilegio a los usuarios reales: los lectores.
Trasladando esta noción al campo literario, nos referiremos al “valor estético” de un texto inserto dentro de un circuito de comunicación, aquél que merece un juicio positivo o negativo. Para estudiar el poema de Cunedo proponemos suspender el análisis de su valor y, en cambio, circunscribirnos al estudio de su formato y de su sentido. Generalizar su valor –perfil mucho más inasible e inaccesible, derivado del acto solipsista y privado de lectura– equivaldría a sentenciar un “criterio de placer” ... (ver texto completo)
El alcance del concepto de valor lo restringiremos a la décima acepción indicada en la vigésima segunda edición del Diccionario de la Lengua Española (RAE, 2001): el valor es la cualidad que poseen algunas realidades, consideradas bienes, por lo cual son estimables. Los valores tienen polaridad en cuanto son positivos o negativos, y jerarquía en cuando son superiores o inferiores.
Retomando la idea de nuestro epígrafe, la memoria es ágil para retener un formato pero no siempre para atribuirle un sentido... A estas dos categorías de análisis –formato y sentido– proponemos sumar otra: la de valor. La obra de arte sería un interjuego de estos tres componentes.
Efectuar una operación de rescate de este ejemplar silenciado y descartado por la historia de la lectura no es tarea fácil ni, tal vez, posible. La memoria es intrínsecamente conservadora: para erigir su edificio necesita desechar. Así se modela una tradición. Así se fabrica un canon cultural.