FREILA (Granada)

Barrio El Pozo
Foto enviada por antonio

Una cuarta postura cree que los duendes son espíritus de una familia amigable. Un relato folklórico de origen escandinavo cuenta que una mujer buscó en vano a sus hijos por todos los rincones pero jamás los halló, porque se habían convertido en fantasmas escondidos: los famosos duendes.
Una creencia popular sostiene que las hadas son mujeres difuntas, es decir: fantasmas.

Para la alquimia, fueron consideradas parientes de los gnomos y de las sílfides. El folklore sostiene que muchos duendes son “criaturas del aire”. Una tercera opinión los considera ángeles pecadores: cuando los ángeles se rebelaron, Dios ordenó que las puertas del Cielo se cerraran. Quienes quedaron dentro se convirtieron en ángeles, quienes estaban en el Infierno se transformaron en demonios, y aquellos que ... (ver texto completo)
Escrito por

Creencias tradicionales de carácter folklórico confiaron desde temprano en la existencia de duendes y hadas, aunque no siempre les atribuyeron un origen definido. Las explicaciones variaron cultural, regional y epocalmente.
vivienda, todos ellos desalojados por la nueva economía capitalista.
En el círculo de las artes visuales, siguiendo los pasos de los pintores del siglo XVIII, artistas como Noël Paton, John Anster Fitzgerald, Ricardo Dadd, Ricardo Doyle, Daniel Maclise, Tomás Heatherly, Leonor Fortesque-Brickdale y muchos otros inauguraron el estilo pictórico que podríamos llamar “duendesco” o “hadesco”.
Muchas de ellas piden limosna, viven como vagabundas, carecen de hogar, conviven con hombres y mujeres desesperados por falta de trabajo y vivienda, todos ellos desalojados por la nueva economía capitalista.
En estas historias, los duendes revolotean por las calles de Londres; en vez de las típicas escenas bucólicas, las hadas habitan galerías urbanas.
George Macdonald, Lewis Carroll, Oscar Wilde, Lorenzo Housman, Maddox Ford, Edith Nesbit -especialmente en sus últimos trabajos- y muchos otros escritores gestaron mágicos cuentos que pueden ser interpretados como ácidas críticas de las costumbres victorianas, en clave alegórica o subliminal, promoviendo la posibilidad de una sociedad mejor.
Aun cuando varios relatos innoven dentro del género -por ejemplo, las historias de hadas de Juana Ingelow o los cuentos de fantasmas de María Louisa Molesworth- la mayoría retoma estereotipos clásicos de duendes que vuelan como mariposas.
El folklorista John Zipes clasificó la ficción infantil en un libro que publicó hacia el año 1860, estableciendo dos tipos básicos: las historias convencionales y las historias que aportan una nueva imaginería.
Algunos títulos son “El rey del río dorado”, de John Ruskin, “La historia de Tom Thumb”, de Carlota Yonge, “El extraordinario negocio Goblin”, de Christina Rossetti, “Los bebés del agua”, de Charles Kingsley, “La princesa y el goblin”, de George Macdonald y “Puck, de la colina de Pook”, de Rudyard Kipling.
Además de volver a narrar los cuentos tradicionales, los escritores victorianos inventaron nuevas historias de hadas para niños, valiéndose de los clichés del folklore fantástico nativo. Es decir: desarrollaron “hipertextos” de un “hipotexto” popular.
Hasta que, durante el siglo XIX, los aburridos libros de instrucción moral fueron reemplazados por nuevas colecciones de fábulas europeas escritas por los Hermanos Grimm y Hans Christian Andersen, cuyos cuentos mágicos se afianzaron rápidamente en las islas británicas y esfumaron las temáticas sexuales de las lecturas infantiles.
En los tiempos victorianos los niños pasaron de ser considerados intrínsecamente inocentes a ser intrínsecamente pecaminosos; la infancia se convirtió en una “edad dorada extra”, un tiempo de caprichosas exploraciones propias de la edad adulta.
En la literatura, los duendes anunciaron su presencia en numerosos libros publicados durante la citada época victoriana (escritos por Thackaray Ritchie, Lord Tennyson o William Morris). También se desarrolló una notable poesía sobre hadas célticas escrita por William Sharp y William Butler Yeats
La música de las hadas utilizaba mayoritariamente el arpa. Sin embargo, el baile y la música “mágica” alcanzaron su máxima expresión con Tchaikovsky, el brillante compositor ruso, quien popularizó en Londres sus bailes clásicos de fábula (como Swan Lakes, The Sleeping Beauty y The Nutcracker). Sus obras ganaron el afecto del público victoriano hacia el ballet mágico y fantasioso.