Tras desayunarme me ofrecí a ayudarla a terminar de preparar la empanada. Cogí un extraño utensilio al que ella llamaba untadeira y comencé a untar con él la empanadera. Era un palo delgado envuelto en uno de sus extremos con un lienzo blanco, lo utilizábamos sumergiéndolo en el tazón de aceite y extendiendo con él una fina capa sobre toda la superficie de la empanadera para que no se pegase la masa al cocer la empanada.
En esta ocasión no me bastó, como en otras ocasiones, su sonrisa silenciosa para tranquilizarme. Más que tomarme el desayuno, lo engullí. Según nos había adoctrinado Don Joaquín, teníamos que abstenernos de tomar alimento alguno, desde una hora antes de la comunión y aunque todavía tenía tiempo suficiente, me daba pavor el no cumplir con aquel sagrado precepto y verme impedido de celebrar mi primera comunión junto con mis compañeros.
A pesar de las múltiples sugerencias que nos había transmitido Don Joaquín, para que nos mantuviéramos tranquilos y naturales durante el transcurso de la función, yo antes de comenzar, ya me encontraba preso de mis nervios.

Mi abuela al verme llegar a la cocina, me sonrió y sin decirme palabra alguna, me invitó con un leve movimiento de cabeza a que me sirviera el desayuno.
Era el día de mi primera comunión, por primera vez en mi joven vida iba a asistir a un acto solemne y me hallaba muy intranquilo. Los siete niños que íbamos a comulgar habíamos ensayado el ritual todas las tardes durante la última semana bajo la atenta mirada de Don Joaquín, el cura párroco de la aldea. Repetíamos cada día toda la ceremonia de principio a fin, intentando no dejar al azar ningún detalle para que la celebración no perdiera la solemnidad requerida.
Aquella noche había dormido mal. La inquietud me había provocado pesadillas. Al alba, con los primeros cantos del gallo me levanté. Aunque era muy temprano, no podía conciliar el sueño. Cuando bajé a la cocina, mi abuela estaba ya cocinando, preparaba una empanada para celebrar el día de fiesta. Con un rodillo de madera prensaba una y otra vez la pasta, espolvoreándola con harina, mientras en la sartén freía bacalao desmigado rehogándolo con mucha cebolla picada y pimientos verdes troceados.
# Un paso en falso se hace deplorar toda la vida.
# Lobos de la misma camada.
# Una pulgada de tiempo es una pulgada de oro.
# El que de joven no es acucioso, llegado a viejo en vano se lamentará.
# Es siempre provechoso abrir cualquier libro.
# Soldado que arranca, sirve para otra guerra.
# Cuando bebas no manejes, se te puede dar vuelta el vaso.
# Nunca cages mas de lo que comes.
# Somos lo que hacemos, sobretodo lo que hacemos para cambiar lo que somos.
# La tierra no tiene sed de la sangre de los soldados, sino del sudor de los hombres.