Para estar más segura de ello, entregué el correo, junto con las demás cartas, una anónima en donde exageraba mis culpas: afilaba el cuchillo que debía abrirme el corazón. Pensaba que tal vez me estrangularía con sus propias manos que yo tan a menudo había besado: por lo menos moriría envuelta en una especie de abrazo. Llegó por fin el día en que el barco de guerra atracó en el puerto de nauplion, en medio de una algarabía de vivas y fanfarrias; los terraplenes cubiertos de amapolas rojas parecían ... (ver texto completo)