Finalmente, contraté a un desaseado vagabundo que encontré en la
esquina de la Octava Avenida para cuidar al enfermo abasteciéndolo de hielo de una pequeña
tienda donde le presenté, y me empleé diligentemente en la tarea de encontrar un pistón de bomba y contratar a un operario competente para instalarlo. La tarea parecía interminable, y me enfurecía tanto o más violentamente que el
ermitaño cuando vi pasar las horas en un suspiro, dando vueltas a vanas llamadas telefónicas, y en búsquedas frenéticas
... (ver texto completo)