LAS LAGUNILLAS: Era una tarde esplendida de final de Junio. El airecillo...

Era una tarde esplendida de final de Junio. El airecillo cálido revoloteaba entre el matorral. Sonaban las chicharras y algún grillo.
Así fuimos a dar con las ruinas del cortijo. Se llega por un camino estrecho y polvoriento, abrasado por el sol. Cuesta respirar el aire ardiente que sopla a ratos y que trae perfumes de higuera y adelfa.
"Petrarca, amigo, creo que en este sitio se han quedado a vivir para siempre la soledad y el olvido."
"Eso parece, Churri".
en los restos de lo que fue el huerto, huele a sequedad y a eucalipto, el único árbol superviviente. Se ve grande y hermoso, de aspecto fantasmagórico por la calina. El aire caliente y dulzón trae el olor intenso de sus bayas. Aún suena, quedo, el caño de la fuente, cubierta de espeso musgo.
Mentalmente voy reconstruyendo poco a poco todo aquello. Cada rincón está atado a imágenes de un tiempo lejano. Los recuerdos brotan de las profundidades del alma. Los abuelos, el tio abuelo, los tios y tias, la niñez, la desaparición poco a poco de los seres queridos, el destino de cada uno de los que quedamos...
Han pasado muchos inviernos y veranos. El sol y la lluvia siguen cayendo, pero nadie los siente porque nadie hay.
Parece que el cortijo se resiste a morir del todo, con sus ruinas y sus paredes sin techo, en donde solo habitan las emociones, los afectos y los sueños de los que se fueron.
Por eso, quizás, sigue esperando por si un día vuelven.
De pronto, siento una melancolía rencorosa que me conmueve profundamente.
Se acerca la noche y comienzan a salir los murciélagos. Nos abrimos.
"No es bueno permanecer mucho tiempo en el pasado. Vámonos".
"No lo es, Churri, no lo es".