Esto es copia, otro enlatao pa YOLE.
Cuando le aseguré que yo dejé de mamar después de cumplir los cuatro años, ella se santiguó. Y al hacer la señal de la cruz y decir eso de: “… y del Espíritu Santo, amén”, mis ojos –siguiendo su mano- observaron cómo clareaba su niqui azul oscuro justo por donde empujaban las puntas de sus senos: tal era la turgencia de aquellos dos cántaros. Unos pechos firmes, abultados, con esa tersa hinchazón con que la Naturaleza premia la piel de las embarazadas.
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Cuando le aseguré que yo dejé de mamar después de cumplir los cuatro años, ella se santiguó. Y al hacer la señal de la cruz y decir eso de: “… y del Espíritu Santo, amén”, mis ojos –siguiendo su mano- observaron cómo clareaba su niqui azul oscuro justo por donde empujaban las puntas de sus senos: tal era la turgencia de aquellos dos cántaros. Unos pechos firmes, abultados, con esa tersa hinchazón con que la Naturaleza premia la piel de las embarazadas.
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