SEGUNDA PARTE
EN LA AMBULANCIA
Juan tenía dos opciones para intentar salvar la vida de aquel Guardia: una, el hospital más próximo y dos, el hospital más preparado tecnológicamente, pero situado al doble de la distancia del primero.
Dado que la premura era controlar la hemorragia, decidió ir al hospital comarcal y luego, cuando el cirujano hubiese controlado la situación —si lo precisaba—, enviarlo al hospital provincial donde había más recursos.
En cuanto la ambulancia enfiló la carretera general, el médico dijo:
—Al hospital comarcal… ¡zumbando!
El Pucelano conducía con cara de circunstancias; estaba muy afectado por la sangre que había visto en el suelo del consultorio; pero veía que Mauro, aunque un poco inquieto en la camilla, tenía buen color bajo la manta que le habían puesto y también veía cómo el doctor estaba intentando contener parte de la hemorragia, con una cura. Era un médico joven que había demostrado seriedad en su trabajo, cariño con la población y tenía una virtud que admiraba profundamente: era tranquilo. “Está hecho de buena pasta”, pensó.
Miró por el retrovisor y vio que Mauro hablaba; no oía lo que le decía al doctor, pero estaba hablando. La lluvia arreció y se centró en la conducción. La carretera estaba en bastante mal estado, los rayos alumbraban un ambiente tenebroso y dibujaban, a cada instante, el contorno de los montes. Circulaban por una carretera de montaña revirada y peligrosa. Al girar una curva, el Pucelano tuvo que corregir el derrape del tren trasero de la ambulancia. Bajó la velocidad y continuó.
Desde atrás, llegó la voz de Mauro:
—Pucelano... ustedes vosotros tenéis dos chiquillos... cuidarse para ellos... yo, estoy bien... aguantaré.
—Calla, Mauro, descansa... — dijo la voz tranquila del doctor, contento por la buena reacción a su tratamiento. Luego, se dirigió al conductor de la ambulancia de forma clara: —Paco, debemos de llegar los tres...
Juan aplicó una ampolla al gotero para darle un poco de energía al sufrido corazón de Mauro, comprobó el pulso y dijo:
—Mauro faltan unos treinta kilómetros, llegaremos bien...
—Lo sé, con gente como tú... Juanico... todo iría mejor...- respiró el gratificante oxígeno unos segundos y continuó— ¿Te puedo pedir un favor?
—Claro, hombre… lo que quieras.
—Juanico, ¡por tu padre!… ¡ayuda en lo que puedas a mi familia y a Serafín!
— ¿Serafín?... ¿quién es Serafín?
—El conductor del Land Rover...
—Pero, si ni siquiera me ayudó a baj…— la mano de Mauro apretó el brazo de Juan y lo hizo callar.
—Juanico... — el acento andaluz de Mauro era fuerte. Pasados unos días, se enteró de que Mauro era de un pueblo olivarero de Córdoba y que se había formado como Guardia Civil en Úbeda. Después de haber servido en dos destinos, había llegado a aquel pueblo pensando que sería el definitivo hasta la jubilación—... Serafín mató al drogadicto cuando me iba a acuchillar por segunda vez. Aquel chiquillo estaba loco perdío por la droga... Serafín no quería matarlo, sólo herirlo... el chico se movió justo hacia el otro lado... Serafín sólo quería darle en la pierna o en un brazo... erró…— Empezó a fatigarse.
—Calla, Mauro... no te agotes... respira y no hables más. Calla.
A Mauro le daba miedo morir y dejar solos a su mujer y a los chiquillos. Le dolía la mala suerte de su compañero y sentía lo que le iba a pasar. No se quería morir sin declarar la inocencia de Serafín.
El Pucelano nunca había vivido una situación tan extrema. Le caían las lágrimas sobre la camisa. Allí, en aquella ambulancia había tres almas desnudas: una, haciendo todo lo que la ciencia le había enseñado; otra, sabiéndose casi perdida, intentando que los suyos quedaran a cubierto y la suya, que era una mezcla de ansia por llegar al hospital y deseo de que todo fuera bien. El destino los había reunido en una situación límite. “ ¿Llegaremos a tiempo, Señor?”, pensaba, mientras con la bocamanga de la camisa se limpiaba las lágrimas.
Apareció el granizo. Todo estaba en contra de ellos. La Naturaleza también. Golpeaba la chapa del automóvil con furia.
—Pucelano, despasio... No te preocupes; si llego, bien.... mejor para mí, pero ustedes vosotros, volved sanos a casa con los vuestros... tranquilo, Paquillo…tranquilo— repetía y repetía Mauro.
— ¡Calla ya... Guardia Civil! — Juan notaba que la gravedad del proceso aumentaba. Aquello, si no se ponía remedio pronto, acabaría afectando a los riñones del paciente e irremediablemente terminaría su vida.
La ambulancia subió una loma y ¡por fin!, las luces del partido judicial y de su hospital comarcal aparecieron, al fondo, en medio de la tormenta.
— ¡Aguanta Mauro, que llegamos!- Paco no sabía cómo ayudar. Juan seguía controlando constantes y aplicando la medicación para mantener a Mauro en este mundo. Reguló el paso del último gotero, que estaba acabándose. Podría servir como vía al llegar al hospital.
En las puertas de urgencias ya estaban esperándolos. Desde la casa del médico de Toral habían llamado por teléfono diciendo que llegaba un caso grave de shock hipovolémico.
Juan se quedó en el quirófano para dar parte de toda su actuación y esperó a que el cirujano acabara su trabajo, ya de madrugada.
EN LA AMBULANCIA
Juan tenía dos opciones para intentar salvar la vida de aquel Guardia: una, el hospital más próximo y dos, el hospital más preparado tecnológicamente, pero situado al doble de la distancia del primero.
Dado que la premura era controlar la hemorragia, decidió ir al hospital comarcal y luego, cuando el cirujano hubiese controlado la situación —si lo precisaba—, enviarlo al hospital provincial donde había más recursos.
En cuanto la ambulancia enfiló la carretera general, el médico dijo:
—Al hospital comarcal… ¡zumbando!
El Pucelano conducía con cara de circunstancias; estaba muy afectado por la sangre que había visto en el suelo del consultorio; pero veía que Mauro, aunque un poco inquieto en la camilla, tenía buen color bajo la manta que le habían puesto y también veía cómo el doctor estaba intentando contener parte de la hemorragia, con una cura. Era un médico joven que había demostrado seriedad en su trabajo, cariño con la población y tenía una virtud que admiraba profundamente: era tranquilo. “Está hecho de buena pasta”, pensó.
Miró por el retrovisor y vio que Mauro hablaba; no oía lo que le decía al doctor, pero estaba hablando. La lluvia arreció y se centró en la conducción. La carretera estaba en bastante mal estado, los rayos alumbraban un ambiente tenebroso y dibujaban, a cada instante, el contorno de los montes. Circulaban por una carretera de montaña revirada y peligrosa. Al girar una curva, el Pucelano tuvo que corregir el derrape del tren trasero de la ambulancia. Bajó la velocidad y continuó.
Desde atrás, llegó la voz de Mauro:
—Pucelano... ustedes vosotros tenéis dos chiquillos... cuidarse para ellos... yo, estoy bien... aguantaré.
—Calla, Mauro, descansa... — dijo la voz tranquila del doctor, contento por la buena reacción a su tratamiento. Luego, se dirigió al conductor de la ambulancia de forma clara: —Paco, debemos de llegar los tres...
Juan aplicó una ampolla al gotero para darle un poco de energía al sufrido corazón de Mauro, comprobó el pulso y dijo:
—Mauro faltan unos treinta kilómetros, llegaremos bien...
—Lo sé, con gente como tú... Juanico... todo iría mejor...- respiró el gratificante oxígeno unos segundos y continuó— ¿Te puedo pedir un favor?
—Claro, hombre… lo que quieras.
—Juanico, ¡por tu padre!… ¡ayuda en lo que puedas a mi familia y a Serafín!
— ¿Serafín?... ¿quién es Serafín?
—El conductor del Land Rover...
—Pero, si ni siquiera me ayudó a baj…— la mano de Mauro apretó el brazo de Juan y lo hizo callar.
—Juanico... — el acento andaluz de Mauro era fuerte. Pasados unos días, se enteró de que Mauro era de un pueblo olivarero de Córdoba y que se había formado como Guardia Civil en Úbeda. Después de haber servido en dos destinos, había llegado a aquel pueblo pensando que sería el definitivo hasta la jubilación—... Serafín mató al drogadicto cuando me iba a acuchillar por segunda vez. Aquel chiquillo estaba loco perdío por la droga... Serafín no quería matarlo, sólo herirlo... el chico se movió justo hacia el otro lado... Serafín sólo quería darle en la pierna o en un brazo... erró…— Empezó a fatigarse.
—Calla, Mauro... no te agotes... respira y no hables más. Calla.
A Mauro le daba miedo morir y dejar solos a su mujer y a los chiquillos. Le dolía la mala suerte de su compañero y sentía lo que le iba a pasar. No se quería morir sin declarar la inocencia de Serafín.
El Pucelano nunca había vivido una situación tan extrema. Le caían las lágrimas sobre la camisa. Allí, en aquella ambulancia había tres almas desnudas: una, haciendo todo lo que la ciencia le había enseñado; otra, sabiéndose casi perdida, intentando que los suyos quedaran a cubierto y la suya, que era una mezcla de ansia por llegar al hospital y deseo de que todo fuera bien. El destino los había reunido en una situación límite. “ ¿Llegaremos a tiempo, Señor?”, pensaba, mientras con la bocamanga de la camisa se limpiaba las lágrimas.
Apareció el granizo. Todo estaba en contra de ellos. La Naturaleza también. Golpeaba la chapa del automóvil con furia.
—Pucelano, despasio... No te preocupes; si llego, bien.... mejor para mí, pero ustedes vosotros, volved sanos a casa con los vuestros... tranquilo, Paquillo…tranquilo— repetía y repetía Mauro.
— ¡Calla ya... Guardia Civil! — Juan notaba que la gravedad del proceso aumentaba. Aquello, si no se ponía remedio pronto, acabaría afectando a los riñones del paciente e irremediablemente terminaría su vida.
La ambulancia subió una loma y ¡por fin!, las luces del partido judicial y de su hospital comarcal aparecieron, al fondo, en medio de la tormenta.
— ¡Aguanta Mauro, que llegamos!- Paco no sabía cómo ayudar. Juan seguía controlando constantes y aplicando la medicación para mantener a Mauro en este mundo. Reguló el paso del último gotero, que estaba acabándose. Podría servir como vía al llegar al hospital.
En las puertas de urgencias ya estaban esperándolos. Desde la casa del médico de Toral habían llamado por teléfono diciendo que llegaba un caso grave de shock hipovolémico.
Juan se quedó en el quirófano para dar parte de toda su actuación y esperó a que el cirujano acabara su trabajo, ya de madrugada.