LA HABA: SÓLO EL ODIO COMO MOTOR...

SÓLO EL ODIO COMO MOTOR

Espero que los amigos foreros, sobre todo los amantes de la historia, estén disfrutando de este recorrido por nuestros orígenes. Pues si olvidar de donde uno viene puede ser la peor de las traiciones, desconocer nuestra propia historia puede ser el peor de los olvidos. Me gustaría aclarar un punto sobre el que algunas personas me han preguntado referente al cambio de las calles que parece ser un tema que ahora está dando mucho juego, aunque ese debate me produce mucha pereza y me gustaría que lo dieran aquí pues sería más productivo que comentármelo a mi en privado. Como siempre he pensado que un hombre -una persona- puede ser, y seguramente debe ser sensible, sentimental, tierno, afectivo, emotivo, receptivo, empático, solidario... y cualquier calificativo que pueda dotar de humanidad su personalidad menos -si esto se pudiera reprimir- cobarde. Como Montaigne pienso que la cobardía es la madre de la crueldad. De modo que uno debe decir siempre lo que realmente piensa y defender sus opiniones, si está convencido de ellas, sin miedo y contra viento y marea. Comentaba un poco más arriba que no me molesta que una calle tenga el nombre de Santiago Carrillo y otra el de Pedro Muñoz Seca, a pesar de que el primero fue el verdugo del segundo. Comencé a tener claro esto cuando allá por la época de la Transición (tendría yo unos 15 años) se estaba en la tarea de cambiar cientos de miles de placas del callejero y fui testigo impenitente de ello viviendo en una gran urbe. Un día, llegó el momento de cambiar el nombre de la calle en la que yo vivía: "Avenida del Caudillo", nombre que fue sustituido por de el de "Avenida Laureá Miró", un abogado y político nacionalista local que fue diputado y murió repentinamente en 1916.

Apoyado en el barómetro de la fachada de la Caixa, le pregunté a mi amigo taxista (era amigo de todos los taxistas que me querían mucho y me sacaron gratis en múltiples ocasiones de algunos apuros) qué le parecía la transformación del callejero sabiendo que a él le habían matado a su padre y a un tío en la guerra. Se quedó mirando circunspecto a algún punto lejano de la Nacional II que cruzaba delante de nuestras narices, y dijo:

-Mal.
- ¿Mal? Pero si te mataron a tu padre y a un tío en la guerra.
-Sí, pero los mató su hermano. Es decir, otro tío mío.

No me pareció oportuno continuar. Con 15 años empecé a tomar conciencia de la monstruosa locura que representó para todos los que padecieron aquella maldita y condenada guerra entre hermanos. Aunque pensé que el nombre de la calle estaba bien quitado. Pero tuve muchas ocasiones de ponerme triste porque aquel ritual derivaría miles de veces en el absurdo, como cuando los separatistas vascos le quitaron a Unamuno una calle en Bilbao. Un aquellarre delirante que continúa hoy en día cuando los ignorantes, incultos y desfasados podemitas (o podemistas) obsesionados con la idea freudiana de "matar al padre", esos pijos revolucionarios de asamblea y vaso de plástico están empeñados en que desaparezcan de Madrid las calles dedicadas a Josep Pla, Eugenio D´Ors, Salvador Dalí, Jardiel Poncela o Ramón Gómez de la Serna, a quien el recordado Tierno Galván dedicó un sentido homenaje en los años 80.

La perversión de la Ley de la Memoria Histórica (una ley infame si se deja al albur, como está sucediendo, de los sectarismos ideológicos) a manos de estas excreciones del más infame totalitarismo puede ser entendida como una anécdota más, como decía Azaña "es una Inocente manía, que parece responder a la ilusión de borrar el pasado hasta en sus vestigios más anodinos y apoderarse del presente y del mañana. En el fondo, es una muestra del subjetivismo español, que se traduce en indiferencia, desamor o desprecio hacia el carácter impersonal de las cosas. Madrid administrado casi siempre por forasteros y analfabetos, ha dado sobre el particular ejemplos de muy mal gusto, y no ahora, sino desde hace mucho tiempo. Sobre todo cuando le sobrevienen a un concejal ataques agudos de cursilería, y encuentra poco distinguido, impropio de una gran ciudad, que ciertas calles se llamen del Lobo, o La Gorguera, o El Soldado, o ¡Válgame Dios!, etcétera, etcétera.". Pero, yo más que una nadería, entiendo que es un vómito de bilis provocado por la rabia y el revanchismo de quienes creen que todo comenzó con ellos. Como decía Azaña, unos insignificantes y desgraciados analfabetos a los que enterrará la historia y de los que sólo se recordará su odio y su innata incapacidad para construir nada.