LA HABA: Y ENCONTRARÁ LA PAZ...

Y ENCONTRARÁ LA PAZ

No hay día que no nos desayunemos con algún caso de violencia machista; un tipejo desalmado y repugnante, una mala bestia, lanza a una niña de 18 meses por la ventana tras abusar de ella y agredir a la madre. Meses atrás, creo que fue el pasado mes de octubre, un niño de 11 años se suicidó tirándose al vacío desde la quinta planta de un edificio donde estaba situado el piso familiar en un barrio de Leganés. Síntomas alarmantes de una sociedad profundamente enferma. No siquiera yo, que he crecido amamantado por las fantasías distópicas de autores como Ray Bradbury y J. G. Ballard y el cine turbador de David Lynch y David Cronenberg, podía imaginar un mundo tan macabro y decadente.

Como padres, debemos reflexionar sobre lo ocurrido a este niño que se suicidó dejando una carta de despedida en su peluche favorito en la que narraba las razones de su fatal determinación. El principal y al parecer único fundamento, “que no aguantaba ir al colegio”. He llorado mucho leyendo esta carta, un llanto inútil, por otra parte, porque ni siquiera sirve ya de desahogo y, como dijo alguien, puede que las lágrimas sólo sean la estela que deja el alma en el mar de la existencia. Reproduzco los últimos párrafos de esta desoladora y testimonial misiva: “Os digo esto porque yo no aguanto ir al colegio y no hay otra manera de ir: Por favor, espero que algún día podáis odiarme un poquito menos. Os pido que no os separéis, papi y mamá, sólo viéndoos juntos y felices yo seré feliz. Os echaré de menos y espero que algún día podamos vernos en el cielo. Bueno, me despido para siempre. Firmado, Diego. Ah, una cosa, espero que encuentres trabajo Tata”.

He tenido que parar un momento porque estoy llorando otra vez como un niño, mi alma se desgarra y siento que me voy a romper por dentro. Como es fácil adivinar, es una carta escrita con una madurez impropia de un niño de la edad de Diego. Las autoridades están investigando las causas del luctuoso suceso por si se tratara de un nuevo caso de bullyng o si existía alguna razón oculta que le empujara a tomar tan tremenda decisión. Tengo claro que la carta debería ser de lectura obligada al inicio de los cursos en las aulas de todos los colegios de nuestro país. No sólo para concienciar y sensibilizar a los alumnos, también para que los maestros o profesores eduquen a nuestros hijos en principios y valores, aunque esta es una responsabilidad que debe ser compartida por las familias, llevando a cabo una pedagogía constructiva y de alto valor ético y moral.

Se trata, en definitiva, de crear un mundo mejor porque un mundo mejor es posible. Y tengo que dejar de escribir porque siento una gran tristeza, una honda amargura y una insalvable impotencia cuando me pregunto ¿por qué para Diego ir al colegio era incompatible con la vida? No lo sé, nadie parece tener una respuesta para esa pregunta. Un niño a esa edad sólo piensa en jugar y divertirse, pero por algún motivo no era feliz en el colegio. Seguramente, no seré el mejor marido ni el mejor padre del mundo. Hago lo que puedo, y me conformo con que mi mujer y mis hijos así lo crean. Sí estoy en condiciones de afirmar que este dramático caso me ha servido para prestar aún más atención a cada detalle, por mínimo que parezca, que me haga sospechar algo en mis hijos. No sé rezar, Diego, pero al leer tu carta, me he dado cuenta de que en tu viaje esperas encontrar un paraíso celestial. Yo así lo deseo, y sólo espero que encuentres la paz que aquí se te negó, que el Espíritu del amor reúna en una misma familia a todos los pueblos de la Tierra.

Descansa en paz, ángel.